domingo, 27 de abril de 2008

Deudas Impagadas

En el final de su trayectoria, un veterano alcalde (Spencer Tracy) se despide de todos aquellos que, durante años, han formado su equipo de colaboradores.

Uno de ellos es un gordo bonachón, al que todos subestiman y consideran algo bobo, pero que durante años ha sido su más alegre y leal admirador. Así que, con gran ternura, Tracy le pregunta : "Dime, ¿Cómo le agradecerías a un hombre un millón de sonrisas?" . A lo que el interpelado, sin tener conciencia de que se refiere a él mismo, sólo puede responder con inocencia : "Pues no sé... ¿De quién estamos hablando?" .

La escena pertenece a la película "El Ultimo Hurra", de John Ford. Pero podría perfectamente aplicarse a los artistas que, durante décadas en muchos casos, hicieron del entrañable "TBO" una de las cabeceras míticas del comic español, probablemente sin tener conciencia de su trascendental legado : Manuel Urda, Marino Benejam, Josep Coll, Ramón Sabatés o José María Blanco, entre otros, fueron los responsables de la hazaña que supone convertir al TBO durante más de 90 años (que se dice pronto), pese a los ineludibles períodos de oscuridad e intermitencia, en fuente de diversión para miles de españoles de diversas generaciones. Parafraseando a Churchill, nunca tantos debieron tantas sonrisas a tan pocos.

Y sin embargo, el reconocimiento que ese formidable logro sin duda merece ha brillado hasta ahora por su ausencia. Los mismos fastos que, por ejemplo, se han empleado por parte de la crítica del medio para hacer justicia al legado de la Escuela Bruguera (que irónicamente fue durante décadas la gran rival del TBO en el comic humorístico hispano), con los dos excelentes libros de Antoni Guiral como colofón, se le han sido negados sistemáticamente a la publicación de Joaquín Buigas, poco estudiada , escasamente homenajeada y colocada siempre en un segundo plano del olimpo comiquero de nuestro país.

La excusa para ese ninguneo ha sido la falta de "contenido" y el presunto "infantilismo" de su propuesta humorística. En el TBO no existía la ácida visión de la sociedad franquista y sus miserias tan aplaudida en la Escuela Bruguera, ni la violenta visceralidad que mostraban sus personajes; mensaje y violencia , dos de los tres puntales (el tercero era el sexo, obviamente impensable en aquel contexto histórico) que componen, a ojos de los analistas más superficiales y estrechos de miras, los rasgos definitorios de un comic "adulto". Sin darse cuenta, claro, de que tal postura es sólo la visión simplona y reduccionista procedente de una facilona inversión de las anteojeras censoras : "Si ellos, que consideran el comic infantil por definición, abominan de esas tres cosas, es porque deben ser las que marcan la diferencia entre infantilismo y madurez, ¿no?". Y dejémonos de complicaciones.


No es una premisa exclusiva del humor gráfico : Recuérdese por ejemplo como el gran Miguel Gila, en su faceta de "stand-up comedian" por los teatros y televisiones del mundo hispano, era considerado un humorista "menor" en comparación con aquellos colegas que hacían chistes políticos (en la medida de lo posible, claro) o imitaban al famoso de turno de forma vitriólica. Todo ello, claro está, hasta que alguien cayó en la cuenta de que los políticos y los famosos pasaban de moda, y el humor centrado en ellos también, por coyuntural y episódico, mientras que los clásicos monólogos de Gila sobre su peculiar nacimiento, su pintoresca familia o sus experiencias en la guerra permanecían tan frescos y carcajeantes como el primer día pese a su antigüedad.

Con el TBO, parece que aún no se ha caído en la cuenta de que su longevidad y frescura permanentes, con casi un siglo de vida a sus espaldas (más que ningún otro comic creado en este país), certificada en las reediciones periódicas de su material (como los 6 tomos recopilatorios, más el de Super Humor y el de los Inventos de TBO lanzados por B estos últimos años) no puede explicarse simplemente en virtud de la nostalgia, habida cuenta de que muchos de los que lo compramos no habíamos nacido siquiera cuando ese material se publicó ; ni tampoco por el mero interés arqueológico, que sólo posee una cantidad ínfima de aficionados al comic, demasiado escasa como para merecer una reedición como esta.

Tiene que haber algo más, vaya. Como en el caso de la Escuela Bruguera, tiene que haber un verdadero interés por parte de los lectores, quizá no multitudinario, pero sí muy por encima de lo testimonial o minoritario, en los comics del TBO, y para más inri en su producción más clásica (la de las décadas doradas de los 50 y 60), porque lo que sí que no ha acabado de funcionar son los intentos de "actualizar" sus contenidos, pese a ser comandados en su día por gente tan solvente como Joan Navarro. Es "el TBO de siempre" el que se ha ganado la inmortalidad, el que puede reeditarse una y otra vez sin agotamiento, y por tanto son sus méritos los que han hecho posible tal milagro en un medio como el comic en el que frecuentemente lo publicado ayer por la tarde, mañana ya estará olvidado y descatalogado.

¿Cuales son esos méritos? Probablemente haría falta todo un libro para analizarlos debidamente (y espero que alguien lo escriba de una vez, porque se trata de un vacío clamoroso en la tímida bibliografía hispana sobre comics), labor esta que un simple aficionado como yo no está capacitado para hacer. Pero lo que sí puedo exponer es lo que un servidor, personalmente, encuentra en el TBO ; lo que aprecia en su legado y lo que ha hecho que, con el tiempo, haya pasado de la indiferencia que esa publicación me suscitaba en mi adolescencia, cuando la vi por primera vez, a la admiración incondicional que le profeso en la actualidad.

El primer factor que me maravilla del TBO es su inabarcable variedad, ligada sin duda a sus peculiares premisas de publicación. Mientras que la Escuela Bruguera apostó en su etapa dorada por los personajes fijos y el formato standard de historietas de una página, en el TBO la pauta a seguir fue la relativa libertad de extensión de sus trabajos y la carencia en ellos , con la excepción inicial de Benejam (Melitón Pérez, La Familia Ulises, Morcillón y Babalí) de protagonistas reiterativos hasta su última etapa (que no en vano es el comienzo de su decadencia) en la que estos cada vez adquieren más espacio de la mano de diversos autores (Altamiro de la Cueva, Josechu el Vasco, etc.). Eso dota sin duda de una mayor frescura y diversidad al TBO, en la medida en que los personajes fijos implican, a la larga, la repetición de unos rasgos y hasta unas fórmulas humorísticas preestablecidas (véase la característica última viñeta de los personajes Bruguera, casi siempre con el protagonista huyendo de alguien que quiere atizarle). El TBO por tanto no tiene ataduras en ese sentido, y eso se nota en el resultado, menos manido y tópico.

Lo mismo puede decirse de la extensión de sus trabajos, que obligada por la necesidad de "exprimir" a fondo cada página del "oro blanco" que por los años 50 era el papel, huye de la estandarización : Dos páginas, una página, media página, tres cuartos de página, una tira de cuatro o cinco viñetas, horizontal o vertical, etc. Cierto es que, al igual que ocurre con la Escuela Bruguera, eso no implica grandes audacias de composición, ya que el sistema de rejillas de viñetas cuadriculadas con el mismo tamaño es la tónica habitual, pero aún en eso excepciones que confirman la regla son más abundantes en el TBO que en sus competidoras (liberación de marcos en las viñetas, intercalado de viñetas redondas entre las cuadradas, etc.) , dejando claro que la libertad narrativa era a todas luces mayor , dentro de los márgenes establecidos .Y todo ello, repito, añade frescura al resultado.

Otro factor esencial en mi admiracion por el TBO es su apuesta por el humor visual. En la Escuela Bruguera la verbalización es muy superior : La mayoría de los gags se construyen a partir de situaciones descritas en los dialogos, y son ellos, no los dibujos, los que provocan la sonrisa. En el TBO la tendencia opuesta es mucho más habitual : Si bien es cierto que numerosas historias mantienen gruesas parrafadas en sus bocadillos, frecuentemente el texto se sitúa en un segundo plano y es el dibujo el que, con clara influencia del slapstick cinematográfico, toma el verdadero protagonismo de los gags , y de hecho las historietas mudas son moneda común. Siendo como es el comic un medio primordialmente visual, eso constituye desde mi punto de vista un mérito innegable, tanto más en cuanto no deja de abrir la puerta al tan comentado surrealismo propio del TBO.

Y es que ese sería otro valor a destacar : El imperio de la imaginación. Siendo la fantasía tan poco valorada por la crítica ceñuda (que no seria), no es extraño que la vocación de retrato miserabilista mostrada por la Escuela Bruguera en los años más duros del franquismo sea tan aplaudida como despreciado el "cómodo escapismo" practicado por el TBO, que para mí no es tal, sino un proceso de reinvención de la realidad que recuerda al de los personajes de tantos films de Terry Gilliam.

Desde mi punto de vista los grandes humoristas se caracterizan por una visión propia, exclusiva y personalísima de la condición humana y el mundo en el que vivimos. Y tienen dos vías para conformarla : O bien mediante el análisis crítico e irónico de esos elementos, o bien a través de la reinvención de ambos con ayuda de la fantasía, dotándoles así de nuevas posibilidades creativas. Ninguna de estas vías tiene por qué ser más válida que la otra, y muchos autores como Bill Watterson usan ambas a la vez : Véanse por ejemplo las reflexiones casi filosóficas de Calvin sobre la sociedad actual por un lado, y sus fantasías como"Capitán Spiff" por otro. En el caso del TBO, la segunda opción fue claramente la elegida a base no de crear un universo imaginario de hadas, hechiceros, monstruos o reinos soñados, sino de hacer creer al lector (al menos durante el instante que dura su lectura) que en su mundo real de la España gris y reprimida de los 50 existían vías de fuga a lo insólito, grotesco o sorprendente que ni tan siquiera imaginaba.

Quizá el paradigma de lo que digo sean los celebérrimos "Grandes Inventos de TBO", creados por Nit con clara influencia de las "Inventions" de Rube Goldberg y posteriormente retomados por otros artistas como Benejam o el malogrado Ramón Sabatés, que han dado lugar incluso a una deliciosa exposición itinerante por diversas ciudades españolas. En ellos, con la apariencia de un sesudo descubrimiento científico, se elaboraban los más carcajeantes y aparatosos artilugios encaminados a lograr los fines más insignificantes, o se desgranaban las ideas más disparatadas con la pompa y circunstancia propias de un hallazgo básico en la Historia de la Humanidad. Desde los melones con forma (y uso) de ladrillo hasta el armazón metálico pensado para favorecer el crecimiento (colocando un potente imán en su extremo superior que tiraba del mismo hacia arriba), pasando por gigantescos mecanismos encaminados a descorchar una simple botella, las peculiares invenciones del Profesor Franz de Copenhague supieron otorgar al árido mundo de la tecnología, una de las obsesiones más veneradas por la atrasada y cateta España franquista, de un insólito humor rebosante de imaginación y socarronería, no exento de crítica ridiculizante.

En la misma línea se manifestaron las dos grandes estrellas del TBO, Benejam y Coll, desarrollando el primero toda una serie de aventuras dignas de un Verne o un Salgari enloquecidos (véanse los pecualiares métodos de Eustaquio Morcillón para enfrentarse a los peligros de la selva virgen africana) mientras que el segundo moldeaba a su gusto las leyes de la física para convertir las anécdotas más nimias en pequeñas joyas de surrealismo cotidiano. Resulta curioso, en ese sentido, que ambos maestros no estuvieran muy alejados de las dos luminarias indiscutibles de la Escuela Bruguera, Francisco Ibáñez y Manuel Vázquez, tan aficionados a mostrar las mismas dos tendencias. Probablemente porque todos los genios del humor acaban convergiendo en territorios similares o, al menos fronterizos.

El resultado es que, resumiendo lo dicho, por unas razones u otras, el legado del TBO me parece uno de los más inmensos y ricos de toda la Historia del Comic Español, y también, por desgracia, uno de los menos reconocidos. (O al menos no tanto como se debiera). De ahí que constituya a mi juicio la deuda impagada más clamorosa del comic de nuestro país. También lo era en cierto sentido para mí caso personal, en la medida en que, tras varios años escribiendo en un foro de noticias de comics, nunca le había dedicado al TBO el homenaje que merecía por el incontable gozo que me ha regalado durante años. Al menos estas líneas me han permitido, a nivel particular, pagar humildemente mi propia deuda con él, y dejar constancia de mi eterno agradecimiento al TBO y a los que le hicieron grande durante décadas. Agradecimiento, entre otros motivos, por haberme confirmado lo que tantos optimistas han defendido a lo largo de la Historia : Que otro mundo mejor es posible... Y también lo que tantos pesimistas han constatado melancólicamente con el paso del tiempo : Que sus fronteras nunca sobrepasaron ni sobrepasarán los límites del papel impreso.


Acege

1 comentario:

Azrael dijo...

Como siempre, Acege, un excelente artículo. Y yo creo que el TBO tiene ganada su permanencia en la hitoria del cómic español aunque sólo sea por haber dado nombre a la palabra tebeo. Seguro que muchos aficionados, como es mi caso, descubrieron, descubren y descubrirán lo que fue esta revista simplemente preguntándose de don de salía esa palabra.